BREVE HISTORIA DE UNA FALLIDA EXPOSICIÓN
De mi llegada a Costa Rica con
aíres de turista, con el tiempo, se iría demacrando en
un penoso deambular sin norte, sin trabajo e indocumentado y desvariando
por más de un año sin saber, pictóricamente hablando,
qué tema abordar. Luego de ése período de hibernación
artística, la vida con sus ironías, me ofrecería
un nuevo sentido que aprovechar.
Los escándalos que sacudieron al mundo católico en una
pandemia de pedofilia de dimensiones bíblicas y orquestada por
un festival de compensaciones millonarias a las víctimas, diezmaría
las arcas de la iglesia en su afán de silenciar los brotes de
denuncias que aquí, allí y acullá surgían
por doquier, ofreciéndome el tema que me auxiliaría del
marasmo mental en el cual me debatía y estandarte hacia nuevas
reflexiones.
La pretensión de suprimir los instintos de la vida; necia expropiación
territorial del deseo y jurisdicción abierta a fin de legalizar
y legalizarse en otros deseos, a mi honrado entender, al contener la
sexualidad, solo se consigue al igual que un río, represar, desbordar
e inundar en su incontenible flujo y reflujo, buscando alguna anónima
fisura de escape o algún reducto donde el deseo maniatado, hallará
la ilegal clandestinidad de un desahogo.
Mientras subía el barómetro de las denuncias por abusos,
ante el desconcierto moral protagonizado por los heraldos de la moral
pública, al mismo tiempo se hacía catálisis de
la confusión espiritual.
La proliferación de iglesias cristianas, al amparo constitucional
de la libertad de cultos no se hizo esperar, improvisándose con
desenfado hasta en cocheras y formando así su cepa de cultivo
sobre la herida continental de una iglesia católica que reaccionaba
con paranoia persecutoria, facilitándoles la oportunidad de hacer
metástasis sobre el tejido social.
El éxodo de fieles hacia otras iglesias de moda con ostentosos
nombres bíblicos hizo su agosto. Se asentaron, germinaron y crecieron
para quedarse, al hallar los nutrientes en la ingenuidad de unos y la
malicia de otros que se procuraron el codiciado metabolismo bíblico;
legado milenario de un ideal espiritual para unificar a los hombres
bajo un ideal social, sometiendo la Biblia a escrutinio y caprichosas
interpretaciones contextuales para dividir y usufructuar a los creyentes.
Humana es toda predisposición hacia una inmoralidad social tan
necesaria, contra el sentimiento de culpa y prerrequisito indispensable
hacia el éxito económico. Bajo la pobreza, que alentaba
la mezquindad de aprovechar la efervescencia de aquél boom religioso,
pero, lo que aún quedaba de mi ética personal me detendría
dispensándome la idea de un proyecto pictórico como también
una inevitable nostalgia.
Cuantificar a posteriori, en algún inventario imaginario los
bienes atesorados durante un ministerio cristiano, tiene su peso si
se compara con el forzoso y desabrido legado de mi conciencia: no se
puede ser honesto con los demás si no somos sinceros con nosotros
mismos.
Expuesto al escarnio ante mi nostálgica retrospectiva de aquella
oportunidad desperdiciada y al parecer, no muy contento con la premisa
de un ideario ético, me daría licencia para soñar
por lo menos con todo cuanto pude haber tenido que, para no fatigarlos
con numerarias descripciones de cuanto se puede acumular al margen del
capricho y la codicia humana; por que esto de salvar ovejas descarriadas
tiene sus ventajas.
Aparte de la consuetudinaria ofrenda semanal, las donaciones llegan
a manos llenas e ilesas de esa enojosa política del control fiscal
y por ello, ganancias netas, libre de impuestos, reembolsos u obligaciones
retributivas con los asociados, excepto, por lo que calculada y buenamente
me dignara a reinvertir en mis propios menesterosos que no faltan, pero
con el mérito devolutivo en su efecto publicitario que promocionaría
mi bondad samaritana, por suerte, no extensible a otros prójimos
de condición laica o reclutados por otras iglesias de engañosas
latitudes, por lo que al no tributar con su ofrenda, no calificaban
para beneficio o salvación futura alguna, así se desangraran
al paso de mi camino.
De manera, que lo del buen samaritano se quede como lo que es, en una
linda pero anticuada parábola literaria no vinculante con nuestra
realidad actual, que hace suyo un desinteresado idealismo utópico.
La ingenuidad social, es un recurso renovable que se lo disputan entre
iglesias y siempre que la gente no piense, que hoy por hoy, los que
piensan son cada vez más una especie en vía de extinción,
el petróleo espiritual, por siempre, estará asegurado.
Representar a un sacerdote en
deslices y en su consabida indumentaria, resultaba harto fácil.
El problema se me presentaría cuando al equilibrar la balanza,
decidiera abordar a los cristianos. ¿Cómo representar
a un cristiano cuando al asistir al culto se viste como un alto ejecutivo
con una Biblia en lugar de un maletín? Dicho dilema, tránsito
entre la conflagración moral y la estampida de fieles sin un
Moisés moderno y con visos a tragicomedia, iría definiéndome
forma y composición hacia un estilo caricaturesco.
Adobando con humor mis lúgubres noches sin un céntimo
en el bolsillo, sin trabajo estable, soportando sobre mis hombros un
duelo amoroso y al azote de un inclemente invierno mientras el agua
burbujeaba entre las suelas de mis zapatos echa pedazos. Desempleado
y sin comida, al menos, me conformaba con respirar mientras eructaba
el verde olor de los mangos con sal pasados a sorbos de agua municipal;
obviamente, al frondoso árbol que se erigía frente a mi
habitación lo acogería sincera y filialmente en mi ser,
con el mismo sentimiento de un niño cuando abraza con la mirada
a su progenitor al verlo llegar a casa. Éste sentimiento de agradecimiento
personalizado hacia un árbol, me generaba más conciencia
ecológica que devorar libros enteros sobre el medio ambiente.
Pese a todo y al igual que los conquistadores, cerré filas a
la retirada y decidí un buen día prenderle fuego a las
tres carabelas: la del temor, la mediocridad y la renuncia.
Envalentonado como debe ser todo aquel quien mira siempre hacia delante,
recurrí a esos espejismos mentales de fijarme metas, trazar estrategias
y derroteros y un itinerario de pasos a seguir. Por supuesto y lo primero
era hallar trabajo.
A cinco días de expirar la fecha de arrendamiento, sorpresivamente,
un aviso eclipsaría mi atención. De ampuloso nombre que
entremezclaba lo bíblico con lo empresarial, me infundiría
un renovado entusiasmo. Invitado con diligente cortesía a la
reunión que tendría lugar la noche de aquella tarde invernal
y como era de esperar, seducido por el nombre del aviso y del que se
espera sea reflejo fiel y real de lo que evoca, bajo mis circunstancias,
conseguió permear mi razón permitiéndole a mi imaginación
galopar hasta llevarme –aún sin llegar la noche pero como
si ya lo fuera- hacia una flotilla de lujosos vehículos y de
los cuales, imaginaba descender encumbrados gerentes cortejados por
despampanantes secretarias de pródigos bustos y doradas piernas,
casi rostizadas, que a más de un año desde mi nostálgica
salida de mi querida tierra natal, justo era que me deleitaran.
Por experiencia sé que la realidad es despiadadamente cruel o
mi ingenuidad, propensa a alimentarse de mi fantasía me haría
una mala jugada o ambas cosas a la vez para rematar. Llegada la hora
y ante mis ojos, el panorama era desolador y aterrador para ser fiel
a mi desazón. Con mi entusiasmo en franca decrepitud tomaría
asiento, a caso, para darle un moribundo aliento a mi abatimiento. Desconcertado
miraba hacia todos lados como un Hamlet, abrumado de dudas y suicidas
reflexiones y sin por lo menos una desvencijada Ofelia a la vista.
Igual, qué mas daba, me consolé con esa piadosa resignación
del desposeído con la cual las iglesias aleccionan nuestra estupidez,
con el señuelo de un paraíso para los pobres; sumándome
como uno más entre aquellos hombres expatriados de sus esperanzas
como lo estaba yo. A fin de cuentas, no era un hombre de negocios, de
manera, que en la nefasta sumatoria de mis privaciones y necesidades,
me resultaría fácil acomodarme en aquél lugar y
en el menor tiempo previsto.
Luego de los dramáticos testimonios, referidos entre vítores
y alabanzas al señor, con “el anillo de la oración”
se cerraba ceremoniosamente un capítulo más. Con un drama
nuevo, sería en el anillo de la oración donde presenciaría
el verdadero drama de mi aventura y réquiem del cada vez más
incierto futuro que me esperaba.
En grupos de no más de cinco personas, enlazados en una conmovedora
hermandad de abrazos mutuos formamos un círculo de unidad que,
cualquiera de los padres de quienes estábamos allí presentes
y al vernos, con justificada razón, no podría evitar una
amarga mueca de ironía o desprecio al presenciarnos gratuitamente
y con extraños, lo que luchara y nunca consiguió durante
toda una vida, en su deseo por ver de esa manera a su familia unida.
A mi costado, mi anfitrión presidía y con gesto aprobatorio
miraba al de su costado invitándolo a comenzar. Uno a uno en
un desgarre de letanías, súplicas y expiaciones se despellejaban
públicamente y ante lo cual, solo se me ocurría pensar
en dos cosas, en los efectos colaterales de aquellas laceraciones morales
sobre mi maltrecha psicología personal y en mi familia, que por
fortuna y gracias a Dios también, hallándose a dos horas
y media de vuelo nunca podrían verme entre aquél dantesco
espectáculo.
Servir de carnada para que mi querida madre se riera, juro que no me
hubiera importado. Pero, lo que si sería intolerable era ser
toro de lidia en un ruedo de banderilleros y picadores que se reunía
cada fin de semana en la cocina a departir alegremente con mi madre,
en un concierto de bromas y ocurrencias por parte de mis hermanos, un
matutino y soleado domingo divirtiéndose a costillas mías
mientras yo me revolcaba en mi purgatorio, eso… ¡Jamás!!!
Pero… ¿Qué podía decirle al Señor?
Me preguntaba ruborizado cuando mi anfitrión mirándome
me instara a finalizar con mi intervención. Lo único que
me salía angustiosamente y de corazón, era pedir algo
de dinero como anticipo del mural para cancelar mis deudas, así
tuviera luego que desgarrarme la camisa acompañado de alaridos
de ultratumba. Pero mi humilde petición resultaba disonante en
aquel momento funerario.
Admito haberles arruinado, sin premeditación, aquella carnicería
espiritual y naturalmente, no saldría de allí airoso e
impunemente. Mi forzado discurso versó en una estoica reflexión
dirigida al Señor, ante el desconcierto de los allí presentes,
dándole gracias por el coraje y la perseverancia con que me alentara
para hacerle frente a las adversidades y cuyo valor, se adquiere en
nuestra diaria lucha en pos de un abnegado ideal que nos fortalece para
no sucumbir, poco más o menos.
Después de orar y, acto seguido, interceder en persona para pedir
por todos y cada uno de nosotros, con la solemnidad que conlleva toda
petitoria ante una instancia Divina, haría una moción
de excepción sobre mi caso ante el Creador, invitándolo
a continuar, dándome la misma cuota de coraje y perseverancia
que tanto seguiría necesitando; ya que mi falta de humildad no
me permitiría calificar para el trabajo que tanto necesitaba.
Desde aquél día y a lo lejos, “sobre la mar bravía”
como solían cantar los poetas, aún podía divisar
desesperado e impotente, la grisácea y densa humareda que se
desprendía de mis tres y bien queridas carabelas incineradas,
disipándose tumultuosamente hacia un cielo abierto y límpido.
La exageración emotiva, juega un papel denominador en la exaltación
de los sentimientos masoquistas, esencial para conmover y recreación
subliminal de la propia literatura personal y la cual, engalana con
señales e intervenciones Divinas una aburrida vida de escapismos,
con un tono épico de martirio y salvación sobrenatural.
Literatura personal, llena de más hipérboles y mentirillas
que de realidades, las cuales, sin el control de un sano juicio, son
evacuados en aquellos espacios habilitados para la fantasía mística,
el duelo y las lágrimas. Es, lo que constituye el éxito
taquillero de las iglesias cristianas porque aparte de legalizar la
insanía, asegura público propio, atención personalizada
y luego de la expiación individual, la absolución en aquel
ambiente colectivo con ese indiscutible sabor a solidaridad religiosa.
Hay que verlos con los rostros transfigurados y la mirada iluminada,
arrobados de cierta placidez interior y llenura espiritual, solo equiparable
a la expresión enamorada que luego de una flamígera descongestión
pasional, torna la mirada lela, ida, bailando al son de una sonrisa
de tonto satisfecho.
Vivo aún desde años
atrás en la misma casa donde el administrador, por más
que aguce los sentidos, el azar siempre arroja sus dados. No teniendo
familia ni familiar alguno, humano es acoger familiarmente y de manera
transitoria a los inestables e impredecibles inquilinos, muchos de los
cuales cristianos y que por años, ya me he acostumbrado a que
sean la goma de mascar pegada a la suela de mis zapatos. Gremio éste,
con más enredos sicológicos que un tratado de psiquiatría
moderna. Prófugos de la justicia o de si mismos, que de cuando
en cuando se desmoronaban enseñándonos sus tristes penurias
íntimas ocultas piadosamente bajo una actitud de austera religiosidad.
El fanático religioso
busca, con la misma proporción e intensidad, compensar con su
exacerbado fervor el grado mismo con el cual se practicaba un vicio.
Un principio de compensación en la cual se cambia una compulsión
pecaminosa por otra compulsión religiosa que contrarreste, expiatoriamente,
la compulsión pecaminosa. En esencia, es la misma enfermedad,
excepto, que muda de forma y género.
Aún recuerdo a nuestra
bella Erica, silenciosa inquilina, prodigio biológico de la naturaleza,
bañada de una desbordada voluptuosidad y constreñida a
un reglamentario vestir para nuestro infortunio. Mieludos coqueteos
iban y venían con exquisita cortesía de nuestra parte,
pero al verla sentada en el comedor y Biblia en mano leyéndola
con visible devoción, espantaba nuestra indeclarada pasión.
Por más que se esforzara en disimular sus provocativas curvas,
no podría evitar humedecer con su fragancia de rosa madura nuestro
mustio espacio, salpicándonos de un placer estético y
conformándonos con solo verla.
Un viernes saliendo de casa y con los ánimos caldeados mientras
paladeaba el inminente sabor de una copa de licor, observé al
salir y en el comedor a un nuevo y extraño personaje provisto
de una enorme y legendaria Biblia, de envidia para cualquier ortodoxo
recalcitrante y que elevaba y bajaba ritualmente como si con la reverencia
del acto y el mediático libro se asegurara de elevar sus plegarias
al cielo, se hacía acompañar además con una modesta
ofrenda floral. Según quienes lo habían referenciado,
se presumía casi un santo y de pública ceremonia vespertina,
hacía gala de su devoción casi todos los días.
Quince días después, se le daba captura en un Internet
para ser judicializado en los EEUU por abuso de menores de edad.
Sin previo aviso, un día cualquiera, intempestivamente, nuestra
Erica también saldría de casa. La versión inicial
era fatiga y estrés por lo que se encontraba en un centro de
rehabilitación. Luego, alguien recavaría información
veraz y confidencial y a juzgar por el cuadro de sus fantasías
neuróticas, nunca más regresaría a causa de una
embrionaria demencia mística, según mi asignatura psiquiátrica.
El fervor de Erica difería del otro espécimen en su naturaleza
expiatoria. Erica, víctima de los terrores bíblicos y
el otro sujeto, un vetusto y ladino victimario diestro en las artes
de la manipulación bíblica. Mientras Erica oraba por la
salvación de su alma, el otro imploraba la mediación Divina
para no ser capturado, pues, no permanecía por más de
dos meses en una misma vivienda y cuyo comité, un pequeño
grupo de seguidores cabildeaban por hallarle una iglesia donde predicar.
Los virus se reproducen manipulando la maquinaria celular. Desde el
núcleo suspenden la fabricación de proteínas para
ordenar la formación de los pro virus y cuando la célula
está a reventar son liberados para ir al encuentro de más
células sanas e infectarlas. El susodicho sujeto en mención,
para infundir el temor a Dios se vale de la Biblia como salvoconducto
y entrar en la mente del creyente, al igual que el virus en la célula,
comienza la manipulación del creyente a través del temor
al castigo Divino; así dominará su vida y a través
de él, accederá a la familia y luego a su entorno social
con la evangelización.
“Éste, es el sagrado
libro donde hallarán todas las respuestas a todas las preguntas”,
es el slogan con el que se propala esa inmunodeficiencia de la razón
crítica por lo que el creyente se inmuniza ante lecturas iluminativas
de otra índole o consejos de terceros. No hay caso, cuando se
habla con una Biblia en la mano, quien escucha bendice en su ingenuidad
a cualquier patán de paso.
Aparte de todos los malos presagios ante la evolución de mi obra,
continuaría tercamente pintando. La moral entendida como el miedo
colectivo de presenciar al hombre en su más completa desnudez
interior no exasperaba a todos por igual. El pueblo sencillo y mundano,
testigo consuetudinario de las aberraciones del prójimo, ha aprendido
a convivir con ciertas verdades e incorporándolas con humor al
folclor popular sin escandalizarse como el pudor exige.
Ante la permisiva simpatía popular, a mis personajes iría
liberándolos de ese incorpóreo semblante de magnificencia
mística que acusaba mis primeros bosquejos más un cuadro
que finalmente destruí por cuanto su personaje parecía
pertenecer más a la otra vida que a ésta; de incolora
placidez mental y vacía mirada, producto de una vida de ocio,
despreocupada y sin uso. Con mayor colorido, bonachones y simpáticos,
cobrarían un aíre mas natural y terrestre.
La infructuosa odisea de tocar puertas en museos comenzó a finales
del año 2005. ¡Muy interesantes! Exclamaban al observar
las fotografías, pero lastimosamente la agenda estaba colmada
durante todo el año. En realidad, nunca se les abriría
un espacio de espera y disgustado ante tantas evasivas, conseguiría
sonsacar dos escuetas respuestas. Una esquiva y diplomática,
vía correo electrónico, notificándome que mi obra
no se ajustaba a los parámetros curatoriales establecidos. La
otra, sencilla y directa, modulada con clara dicción, casi clínica,
provenía de una señora de mirar fatigado y con un tono
de voz maternal, me expresaba que la junta había hallado mi obra
inapropiada para los niños que a diario visitaban la galería;
como si mi obra resultara para los niños más peligrosa
que dejarlos solos o como monaguillos, en solitarias iglesias o casas
parroquiales, en declarado apetito y a tiro de polígono ante
cualquier oportunidad.
A más de un año sin poder hallarles un espacio geográfico
legal, con más de cinco años de estarlos pariendo en legítimo
territorio costarricense y por ello, 100% ticos, me los desplantaban
en disimulada bastardía, previa censura y sin ningún derecho
a la luz pública.
Lamentablemente, para quienes a gusto de su mojigatería cultural
promueven el adormecimiento público con arte fácil, insulso
y decorativo, no hallarían en mis cuadros a un fantasioso serafín
de alados pinceles evocando irreales y exóticos paisajes para
señoras estresadas.
Pero, al paso de todo Cristo, un Cirineo. El dueño de la casa
donde siempre he vivido, fiel testigo de mi trabajo durante años
y quien luego de escucharme el historial de rechazos, como un gesto
de mecenazgo según sus propias palabras, me ofrecía un
local comercial para exhibirlos.
Considerando que un museo no acredita como obra de arte a un cuadro
por el solo hecho de ser exhibido en el, sino, todo lo contrario, es
la obra la que le da interés público a un museo, no tuve
reparos en que mi obra se valiera por si misma en un local comercial
y en una exhibición fuera de contexto.
El eslabón perdido de
la antropología cristiana, entre el antes de la concepción
y el después del nacimiento de Jesús, permanecerá
por siempre oculto, lejos de alcance de la razón humana que desmitifica
todo. Eslabón perdido de una genealogía suplantada por
el mito y que nos permitiría rumiar pausadamente para nuestro
entendimiento, el por qué la iglesia y a su parecer, también
lo Divino, son enconados enemigos del sexo y de la inocencia de la vida.
Desde el pecado original hasta nuestros días, a lo largo y a
veces oscura cristiandad, nada diferente he percibido que no sea su
odio secular contra cualquier forma de conocimiento y una encubierta
historia de la misoginia, con la que se ha escrito el eterno predominio
de lo masculino habitando las altas jerarquías del poder eclesiástico.
Ante este panorama, mis obras apenas si son tímidas ventanas
abiertas al público y a quienes, aún respirando bajo la
ofuscada noche de una desesperación solariega en algún
apartado claustro, intentarán llamar golpeando herméticas
puertas, como una cómplice invitación hacia un clandestino
encuentro con una de las más bellas y provocativas creaciones
del universo: la mujer.